Zenón de Citio y las empanadas

Hay muchísimas personas que gastan muchísima energía, y tiempo, en tratar de dilucidar acerca de lo que hay más allá de lo que sentimos, percibimos o hasta imaginamos. No me refiero tanto a los que investigan con un propósito científico, como quienes fotografiaron, hace poco, el agujero negro, sino a los que lo hacen con un propósito filosófico, ontológico.

He conocido personas, en reuniones, o en parques, con las que (porque yo también disfruto mucho al hacerlo) me gusta hablar acerca de este tipo de temas. A veces, esas personas llegan a las mismas respuestas de siempre. A veces me dicen cosas como: “Bicho, quién eres tú. Aléjate de mí”. Pero, a veces, me dicen la respuesta que, creo, es la más común: “Ese tipo de cosan me aturden y me estresan un poco”. Y es que, verdaderamente, ese tipo de cosas aturden y estresan un poco, esa incapacidad que tenemos, la de responder cuál es el origen, o el propósito de todo. Y lo peor es que ni siquiera sabemos si existe un propósito para todo o, al menos, para algo. Cada vez que te comes un helado, o ves, en Youtube, un video viejo del Mega-Match, no sabes por qué estás haciendo eso. Quizás para entretenerte, pero, ¿entretenerte para qué? ¿Eso servirá cuando estés muerto? ¿Sirve, para el propósito del universo, que estudiantes con bragas, como de mecánico, verdes y amarillas, consigan la llave de la Casa de los Premios o se echen una torta en la cara?

Lo peor es que, cuando lo vemos, todo ese gran misterio, todo lo que hay más allá de la vida, del mundo y de las barquillas, tiene sus ordenanzas, tiene sus propias maneras de ser. Tu perro se va a morir. Tú te vas a morir, al igual que tu mamá y todos los estudiantes del Mega-Match. Pero, ¿quién dicta esas ordenanzas, esas maneras de ser? Nadie lo sabe. Un evangélico de Chacaíto te dirá que es Jehová (y te pedirá, por decirte eso, unos reales para los frescos). Un musulmán te dirá que es Alá (y te lanzará una bomba, si es radical). Pero nadie puede saberlo con certeza, ni siquiera los ateos.

Sólo sabemos, o creo que es lo único que podemos saber, que eso que rige las cosas, que a su vez son las cosas que nos rigen a nosotros, está controlado por algo, o alguien, que es superior a nosotros. ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Puedes soltarme el brazo, por favor? Lo que quiero decir con eso es que el mundo, con sus órdenes naturales y sobrenaturales, se mueve, con la mano de ése (o eso) superior, independientemente de nosotros.

Una persona, quizás, puede cambiar el mundo, pero el mundo es sólo un grano de arena con respecto al todo. Y ese todo cambia, pero cambia por algo que no pertenece a los seres humanos. Y es algo que me consuela en cierto modo. El chavismo, con todo el control que tiene para mover cocaína, o para asesinar estudiantes, no puede controlar los aspectos del universo. No cambiará nada eso mi vida ni hará eso que aparezca la comida en el plato de mis papás, pero da un poco de aire fresco el saberlo.

Pero lo que quiero decir también es que nosotros, que, como los chavistas, no podemos alterar el curso extraño e inentendible del universo, sólo podemos dejarnos llevar por él. Y no nos queda otra opción. Es como cuando, atorados en una fila de niños que quería entrar en el parquecito infantil y medio piedrero de McDonald’s, ése que tenía la piscina de pelotas (que la piscina de pelotas de McDonald’s era lo mejor del mundo mundial. De hecho, hubo alguien que dijo que la infancia terminaba el día en el que uno era muy grande para que te dejaran entrar en la piscina de pelotas de McDonald’s), sólo podíamos seguir avanzando, así es con el universo. Estamos presos en él, presos en la existencia. Sólo podemos seguir caminando, o morirnos, porque morirse también es una opción.

Pero no todo es malo en esta prisión llamada universo. Y eso es lo curioso de todo. Hay cosas maravillosas. Tenemos los amigos, tenemos los tequeños, tenemos el rock y tenemos el explotar las burbujitas del papel de embalar. Y eso lo disfrutamos, como disfrutamos el leer de las gloriosas Crónicas de La Cantárida. Sin embargo, y esto no es un secreto para nadie, hay cosas horribles. Tenemos el vallenato, tenemos los discursos amenazantes de Diosdado y tenemos los motorizados. Pero como nosotros no podemos cambiar (eso creo que lo dije más arriba) el flujo del universo, ya que nosotros sólo somos, como decía una canción de Caramelos de Cianuro, una pieza microscópica en una máquina infinita, la única opción que tenemos con respecto al mal, al sufrimiento, a lo chimbo, es aceptarlo.

A veces, por ejemplo, cuando iba por Caracas, sentía que era una injusticia que yo hubiese nacido allí. Aunque ser caraqueño, supongo, no es tan malo. Aunque me hubiese gustado nacer, quizás, en Suecia o en Finlandia, o en cualquier país en donde pudiese comprar todo el pan que quisiera (aunque, cuando me pongo a pensar, quizás en Suecia no hubiese conocido las empanadas de carne mechada, que con tal de estar en un sitio en donde existan empanadas de carne mechada todo vale la pena, incluso el sufrimiento).

T.M.

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